En Madrid pasan la última noche juntos, son momentos de tranquilidad, se alistan para ir dormir en un sofá cama, no habían tenido la conversación sobre el futuro, la promesa hecha antes del viaje. Todo se había difuminado entre el amor, y las peleas. Habían vuelto a la rutina por unos días, ella no controlaba su carácter, él por su parte, se desconectaba, no hablaba, encontraba aire apenas para seguirle el paso.
El amor entre
los dos era una cicatriz mal curada, que no se le daba el tiempo para sanar. No
encontraban hacia donde ir. Buscaban dejarse, sin poder lograrlo. Se querían
con fuerza para hacer el amor, pero en otro momento no muy lejano, chocaban, se
sentían lejanos, y no se entendían, no había equilibrio entre esas dos fuerzas.
Corrían con afán, pero querían dos cosas diferentes, ella buscaba con
desesperación una familia, y él todavía perdido, quería vivir, sentir,
experimentar con fuerza, estaba esclavo de sus emociones.
Entran a una
discoteca, se refugian, bailan, se dejan llevar por las luces, y las canciones que
pueden reconocer, encuentran la complicidad esquiva. Es un ambiente de risas, la
voz del miedo que ambos escuchan y que les dice que ya nada tiene sentido, se
calla, los deja concentrados en la salsa, entre campanas y trompetas, en la
oscuridad, pueden jugar a ser otros, volver a empezar, cantando sin pensar en
el pasado, ni cuestionarse lo que va a venir, sin miedo, están presentes, se
seducen nuevamente, buscan los besos con cada acorde.
Se alistan
para ir al aeropuerto, las maletas en la puerta. Huele mucho a perfume, pero la
botella no está rota, él sospecha que ella lo echo en alguna prenda, como una
manera de quedarse con una parte etérea de él. El desayuno transcurre entre chistes
y buen ambiente, una vez más, están sentados ante lo que podría ser un ultimo
momento juntos, caminando por la cornisa del abismo del olvido, pero lo viven
con naturalidad, no parecen renegar de eso. No habían encontrado la
conversación para la despedida, no había monólogos, ni grandes reclamos, pero
se sentía como una despedida. El frio ambientaba de buena manera la melancolía
que se respiraba. Afuera helado, y adentro también, la cabeza revuelta,
conteniendo la explosión.
Salen de la
casa juntos, se toman una última foto, no intentan disimular una buena cara, se
sienten tristes. Van en un carro pequeño, él se monta adelante. Ella lo toma
mal, quería estar sentada a su lado, no hablan en el camino, mensajes de WhatsApp
rompen la tregua, todo se vuelve hostil, pasa a ser una despedida dramática.
Llegan al aeropuerto, arrastran las maletas por el parqueadero, él intenta
tomarle la mano, lo consigue con esfuerzo, otra vez vuelve la crisis,
intempestiva, estruendosa, con miradas de reprobación. Entran al aeropuerto, su
corazón se acelera, sabe que no la volverá a ver, el silencio los acompaña,
ahogados en las palabras que nunca se dijeron, el rumbo estaba definido, nadie
está preparado para el final, siempre se ve en el horizonte, parece lejano,
pero llega con un golpe realidad que enmudece, paraliza, puede ser peor de lo
que se pensaba, o dar alivio ante la agonía. Él llora, y la abraza, le dice que
la ama, ella aún con el enojo que la acompaño buena parte de la relación, no le
dice nada, no le promete amor, no le dice que lo quiere, él le da un beso, en
una sensación extraña, de quererla, pero saber que tiene que dejarla. Camina
hacia la sala de espera con el eco de lo fueron.