Un hombre está en el aeropuerto de Madrid, es una mañana fría, están en invierno en esa Ciudad, el clima le parece extremo, pero lo experimenta sin reproche. El aire helado congela su cuerpo, y la despedida congela su alma. Está de visita en esa ciudad porque fue a ver a su novia, es una relación que nació en su país, pero desde hace un año es a distancia. Él siente que la quiere, pero los kilómetros han dificultado la comunicación, se siente presionado y controlado, ella se aferra a él, no quiere dejar al azar a que conozca alguien más, se relacione con otra gente, o tenga la idea de terminar.
Los días en la ciudad fría, los ha compartido con su familia y su novia, aprovechando todo lo que puede para conocer un poco, y recuperar el tiempo perdido. Viaja entre Madrid y La mancha varias veces a la semana, es un viaje que le agrada por la vista idílica en carretera, las cañas y la diversidad de gente. En su cabeza está la despedida, sabe que los días van rápido, y se consumen con la prisa de los buenos momentos. En todo este tiempo, se cuestiona el destino de esa relación, ella también. Lo sabe, van camino a un hotel reservado para pasar la noche y hablar del futuro. Aturdidos por el reencuentro, no hablan de los dos, entran a la habitación, se acomodan, él todavía cansado por el viaje. Se baña. Ella lo acompaña. Es una sensación extraña, no hay confianza de amantes y novios entre ellos, apenas comparten la misma ducha. Él quiere hacerle el amor pero respeta la distancia, está a la expectativa mientras disfrutan el agua caliente, es un alivio estar en un lugar cálido. Se ayudan con el jabón, poco a poco se acercan, con una fuerza magnética inevitable. Reviven el sentimiento, encienden la pasión, llegan los besos quemantes, se extrañaban. Habían tenido idas y vueltas, pero dispuestos a disfrutar, habían dejado los cuestionamientos atrás. La noche se esfumó entre el amor y el vino, los dos cansados por todas las emociones, sus cuerpos fatigados, él por el viaje hasta ese país y ella por la espera, el viaje hasta la ciudad, y las palabras atascadas, envueltas en las telarañas de las caricias.
Salen del hotel la mañana siguiente, caminan por las calles frías, él se imagina una vida caminando por esas calles, conociendo lugares con ella, entrando en bares aquí y allá a tomar cerveza, y comer algo rico, genuinamente lo desea, o cree desearlo. Van a un parque muy grande, gente sale con sus perros a pasear, o a hacer ejercicio, otros solo se sientan a rumiar ideas. Llegan y se acomodan en una de las bancas del inmenso parque. Ella saca un porro de marihuana; los dos fuman, lo hacían con frecuencia cuando todavía estaban juntos en su país. Fumar acentúa el frío, para él inmanejable, no estaba acostumbrado a esa sensación. Disfrutan el tiempo juntos, se ríen, hablan, hacen planes, nadie pudiera imaginar que es una relación que está muriendo, dejando caer sus últimas hojas. No se ve la crisis. La relación acusaba el desgaste de la distancia, alejados, pero con amnesia para disfrutar el momento. Una lucides terminal, en la que todo era posible. No tienen la conversación incomoda, se obligan a estar presentes. Él es feliz, sentado en esa banca en el invierno, con ella ahí, va con la ceguera del suicida. Salen del parque y toman un taxi.
El final se acerca, está a pocos días, escuchan su eco, lo surfean, lo esquivan entre los besos. Ella es una mujer decidida, que no vacila, le tiene paciencia, lo aguanta, y tolera su titubeo. Cuestiona con mesura que él no haga lo necesario para que estén juntos. Apuesta más que él por el triunfo, Todavía no lo saben ninguno de los dos, pero todos los finales van a ser el mismo repetido.
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